Por Fulana de Tal
La directora técnica del Atlante abrió un debate sobre cómo las mujeres avanzan como árbitras y directivas, pero los banquillos de nuestra liga siguen siendo un espacio dominado por hombres.
Es innegable que el futbol nacional está viviendo una transformación que hace apenas una década nos habría parecido un guión de ciencia ficción. Hoy, encendemos la televisión y vemos estadios vibrando con el talento de nuestras jugadoras. Nos llena de orgullo ver a árbitras pitando partidos bravísimos de primera división varonil, rompiendo barreras que parecían de cemento armado, y cada vez es más común aplaudir a mujeres que toman las riendas operativas desde las oficinas de las directivas. Las mujeres están conquistando prácticamente todas las áreas de este deporte, pero hay un lugar específico donde la puerta parece haberse atascado, la zona técnica.
Hace unos días, Ileana Dávila, actual directora técnica del Atlante, levantó la voz y puso sobre la mesa una pregunta que a muchos les resulta incómoda. Su reflexión fue directa y apuntó a la escasez de oportunidades para las entrenadoras mexicanas en los banquillos de nuestro país. Y la realidad es que sus palabras tienen un peso enorme porque no vienen del resentimiento, sino desde la experiencia pura. Ileana fue pionera absoluta; a ella le tocó construir el proyecto de Pumas desde los cimientos cuando nació la liga. Conoce de sobra lo mucho que cuesta ganarse un lugar y, peor aún, lo difícil que es recibir una segunda oportunidad cuando las cosas no salen perfectas a la primera.
El contraste del que habla es grande. Si una directiva busca reforzar su mediocampo, voltea a las fuerzas básicas femeniles. Si necesita estructurar el área comercial, contrata talento femenino sin dudarlo. Sin embargo, cuando llega el momento de elegir a la persona que va a diseñar la táctica y a liderar el vestidor, la confianza se vuelve de cristal. La figura del director técnico sigue siendo percibida, casi por herencia cultural, como un espacio de autoridad absoluta donde a nuestro futbol todavía le cuesta muchísimo trabajo imaginar a una mujer mexicana al mando.
Ante la presión de dar resultados inmediatos, las opciones de los clubes casi siempre terminan yéndose por el mismo camino. Prefieren apostar por entrenadores varones que ya tienen recorrido en la liga, reciclando nombres de un torneo a otro, o buscan estrategas en el mercado extranjero. Y que quede claro: traer talento de fuera siempre enriquece nuestra competencia y sube la vara. El problema radica en que, en ese afán de buscar soluciones empaquetadas, el desarrollo de las entrenadoras hechas en casa se queda completamente en pausa.
A las mujeres mexicanas no les falta preparación. Hay generaciones enteras estudiando sus licencias en la Federación, metiéndose a fondo en el análisis de video y capacitándose todos los días. Lo que les falta es un voto de confianza real y, sobre todo, la misma paciencia institucional que se le tiene a los hombres. A ellas se les exige llegar con el librito perfecto desde el día uno, sin el colchón de seguridad que te da el famoso "proceso de adaptación".
Si queremos que el crecimiento de nuestra liga sea sostenible y deje una huella profunda, necesitamos ídolas en todas las posiciones. Una niña que hoy ve el futbol sabe que puede llegar a ser goleadora o silbante, pero también necesita referentes en el banquillo para saber que la silla de mando le pertenece.
El comentario de Ileana Dávila es el pretexto ideal para que los dueños de los clubes hagan una pausa y revisen sus proyectos a largo plazo. Nuestra liga ya demostró que es un fenómeno social capaz de romper cualquier pronóstico en la taquilla y en la televisión. Ahora toca dar el siguiente paso lógico y abrir verdaderamente la puerta de la dirección técnica. Apostar por las estrategas mexicanas no es un favor ni un experimento, es la pieza que le falta al rompecabezas para terminar de profesionalizar nuestro futbol. Las mentes maestras ya están listas, solo falta que alguien se atreva a darles el equipo.
¡Abramos cancha!